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me gusta el sexo

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Postby pg19 » Tue May 24, 2016 4:04 pm

Aquella anochecer no podía dormir. La afirmación es que ni aunque le daba la más mínima oportunidad al sueño para que hiciera mella en mí. La crepúsculo era conveniente calurosa, y la sola idea de abandonar la terraza para meterme en el cuarto la hacía aún más. Así que seguía entonces, devorando inexorablemente cada minuto de la anochecer y acercándome cada vez más a un nuevo fecha.

Siempre me ha gustado la imagen cromático de una ciudad en el tiempo que la luz del sol deja de iluminarlo todo y son otras luces, las de las bombillas, las que se encargan de ello. Básicamente me han llamado la atención aquellas ventanas abiertas, que te permiten formar parte de ellas desde la distancia.

Sin confiscación, esa tinieblas me había fijado repetidas veces en una que llevaba encendida sobrado años, pero por delante de la cual no acertaba a pasar nadie. Quizás eso me llamara la atención y me hiciera hallarse más atento que al resto de las luces, porque realmente el fragmento de estancia que dejaba ver no era fundamentalmente grande, ni era especialmente sugerente por carencia. Eso o quizás la albur o el destino... ¡maravilloso destino¡

Al cabo de un tris, antílope mis ojos y por aquel hueco alumbrado apareció la silueta de una mujer que, a simple vista y a pesar de la distancia, se me antojó muy atractiva, más influido probablemente por la suavidad de sus movimientos y por cierta aura de sensualidad que la envolvía.

Se movía por una habitación que parecía ser la cocina, aun solo tenía a la vista el hueco que dejaba una abertura abierta y era más reconocible por el baño que la precedía, que por la propia habitación. Una dosel tapaba un gran ventana adyacente a esa cancela.

La segunda vez que cruzó por delante de la entrada, la luz era más directa sobre ella y me hizo correr a la habitación en el cual guardo los binoculares, puesto que me pareció ver que estaba en ropa interior.

Es corriente que en noches tan calurosas la forma más tocador de existir en casa sea recíprocamente distributivo a la cantidad de indumentaria que se lleva puesta, y asimismo no es extraño combinar este hecho con tener las ventanas abiertas. Digo esto porque no fue en sin duda el hecho de que estuviera en ropa interior lo que me llevó a buscar los binoculares, sino poder ver de valla el amor que esa mujer parecía disipar.

Estaba tan ardoroso por confirmar si era tan hermosa tanto parecía, que esa misma desesperación me hizo ser atrevido, ahora que en el momento que regresaba no tuve la caución de aplacar la luz, con lo cual era tan indudable para ella como lo había sido ella para mí.

Y así pareció ser, porque en el momento que pudo enfocarla a sesgo de mis antiparras, no sé si la azar o el reflejo de alguna luz en los cristales, hizo que sus ojos se cruzaran con los míos.

Como no quiero faltar a la certeza, no fue así en sus ojos en los primero que reparé. Toda la sensualidad que parecía tener se elevó a la enésima potencia en el tiempo que la pude contemplar de empalizada. Derrochaba amor y sensualidad por todos los poros de su piel.

Llevaba puesta la ropa interior más atractivo que yo había visto jamás y parecía existir hecha para ella. El sostén no le cubría el pecho, tan solo se limitaba a acariciarlo desde abajo, como si dos suaves manos los sujetaran desde la base para brillar aunque más su esplendor, dejando a mi vista unos pezones grandes y perfectamente dibujados que invitaban a todo. Las braguitas menos aún eran enormemente grandes y parecía que tan solo se mantenían pegadas al cuerpo por dos delgadas cintas negras que parecían anudarse a cada lado, mientras que por posterior dejaban perfectamente a la vista dos rotundos glúteos desnudos.

En ese momento mi corazón, que instantes anteriormente galopaba tanto un corcel desbocado, se paralizó en el tiempo que sus ojos se cruzaron con los míos, y a pesar de la distancia que nos separaba, reconocí que había descubierto mi presencia. En un solo delegado me quedé helado y sentí un calor ardoroso. Aquel maravilloso espectáculo estaba a punto de desaparecer por mi imprudencia. Sin dejar de mirar en mi dirección se acercó a la ventana, pero ante mi atónita mirada, en lugar de cerrar la puerta que me permitía contemplarla, se acercó a la ventana, la abrió de par en par y descorrió la cortina que cubría el enorme ventanal.

Ante mis ojos apareció, entonces, toda la cocina, desde un extremo al otro, quedando ante mis ojos todos los movimientos que realizaba por la estancia, y pude comprobar la belleza de su cuerpo en movimiento. Ella siguió atareada, imagino que recogiendo la cocina, sin dejar de dirigirme de vez en cuando alguna mirada.

Debía tener calor porque agitaba sus manos como queriendo hacerse aire con ellas. En ese momento abrió el grifo, llenó sus pequeñas manos con agua y, muy despacio, fue humedeciéndose la nuca, el cuello, hasta bajar hasta el pecho, donde las palmas de sus manos acariciaba sus pezones de tal manera que éstos parecían querer saltar de su piel de erectos que estaban. Ella seguía acariciándoselos con agua, pellizcándoselos entre los dedos, mientras el agua iba deslizándose por su vientre.

Se dirigió entonces a la puerta de la habitación, la cerró, dejando ante mi vista un perfecto escaparate blanco, sobre el que su piel y su ropa interior resaltaba como una montaña en el horizonte. Abrió el frigorífico y, al momento, sacó una cubitera de hielo que yo habría derretido con tan solo tocarla. Cogió un cubito de hielo en cada mano, y comenzó a chuparlo muy despacio, dejando que las gotas resbalaran por su barbilla y por su cuello. Después siguió haciéndose caricias frías por los hombros y por sus pechos, hasta rodear sus pezones, haciendo círculos concéntricos hasta aplastarlos con el hielo. Yo me imaginaba chupando y mordiendo esos pezones duros y fríos.

Su cuerpo se movía sinuosamente sobre la pared de azulejos blancos. No paraba de rozarse ni de mover las piernas como queriendo contraer los muslos. Me imaginaba su clítoris saltando entre sus piernas, como llamándola a gritos.

Ella pareció oír esa llamada, porque sus manos se dirigieron hacia su coño, primero a través del tanga, que iba mojando con las gotas que dejaba escapar el hielo, como constancia del calor imposible de sofocar que emanaba de su sexo. Después sus manos se perdieron bajo el encaje negro que no paraba de moverse, mientras sus ojos daban muestras del placer que estaba sintiendo con el frío roce.

Cuando llegaron los trozos de hielo con la intención de acallar su clítoris todavía tenían cierto tamaño, así que al sacar las manos sin ellos supuse que no habían hecho otra cosa que guardarlos en su cálida raja para que ellos mismos se deshicieran, mientras sus manos de dirigieron de nuevo al frigorífico.

Cuando lo cerró no podía dar crédito a mis ojos. No era más hielo lo que había sacado. Era algo bastante más grande y alargado, de color verde. Me pareció un pepino, y era de un tamaño más que considerable. Se acercó al grifo, lo enjuagó, y comenzó a chuparlo suavemente, acariciándole la punta con la lengua, y recorriéndolo después de principio a fin con los labios entreabiertos, mientras seguía dirigiéndome de vez en cuando alguna mirada, como queriendo tener constancia de que no se me escapaba nada, salvo alguna gota de vez en cuando.

No podía creer que aquello me estuviera pasando a mí. Mientras ella no paraba de chuparlo yo no podía hacer otra cosa que masturbarme, y prácticamente igualaba el tamaño del pepino, que saltaba desde su boca hasta las tetas y, cómo no, hasta el tanga que ella separaba para poder acariciarse directamente el clítoris. Seguía moviéndose sensualmente al ritmo que su cuerpo le pedía, mientras su cara denotó que estaba haciendo algo mas que acariciar su clítoris. El pepino poco a poco la iba penetrando mientras ella abría la boca y mordisqueaba sus labios entre sus dientes.

Así comenzó una serie de movimientos con los que iba metiéndoselo cada vez un poco más. Cuando tuvo un buen trozo dentro lo sacó, se lo llevó a la boca y lo chupó como si de un manjar delicioso se tratara. Mientras lo chupaba, sus dedos no dejaban de juguetear con su coño. Yo sentí que estaba presenciando una orgía de sensaciones y placeres, tanto de ella como míos, por poder asistir a un espectáculo como ese.

En ese momento se abrió la puerta y entró en la habitación un hombre. Imaginé que era su marido porque ni él se asombró en absoluto de encontrársela así, ni ella intentó disimular ni un ápice su conducta. Más bien lo contrario. Ella lo miraba mientras chupaba el pepino intentando transmitir qué quería de él.

Yo temí que él no estuviera de acuerdo con que aquél espectáculo fuera retransmitido a través de aquella cristalera para todo aquel que quisiera mirar; y ella también debió pensarlo porque antes de aceptar la invitación que su marido le hacía inclinándole la cabeza hacia abajo, ella le vendó los ojos con una servilleta.Una vez aislado visualmente su marido, ella dio rienda suelta a su pasión, y comenzó a comerle la gallina con unas ganas que no sé cómo no se corrió a la quinta acometida que aquella mujer hacía sobre el miembro de su marido. Ella seguía comiéndosela mientras sus manos fueron liberando su sexo de las ataduras que lo escondían a continuación de el encaje negro, y en el tiempo que estuvo desnudo, siguió acariciándoselo mientras se metía más de un anular por su raja que debía habitar a ciento grados de temperatura.

De pronto se puso de pié, dejándome ver su sexo perfectamente dibujado sobre aquella blanca muro, colocó uno de sus pies sobre una butaca, dejando bajo ella un arco excelente en el cual su marido se colocó y comenzó a comerle el coño, escaso dejar ni un centímetro exento callejear con su lengua, mientras ella seguía dispuesta a no darle descanso a sus pezones, que iban saltando dentro sus índice mientras sus ojos luchaban por mantenerse abiertos.

A juzgar por la expresión de su cara el placer que estaba sintiendo era extremo, por lo que sentó a su marido en la mecedora frente a la abertura, y ella se sentó a horcajadas sobre él, de espaldas a su marido, con lo que se aseguraba que yo seguí siendo espectador de primera fila.

El erotismo de su marido la penetró con una suavidad por poco falaz, mientras ella se movía de una manera tan sensual que yo pensaba que no llegaría entero a ver el momento final, dado lo mojado que estaba. Controlaba cada movimiento a modo si concentrara en su cuerpo toda la ciencia nipón del partes, variando el ritmo, la profundidad de la penetración a su deseo, sintiendo todo el placer que un cuerpo puede soportar. Pero lo mejor era ver la expresión de su cara mientras el placer la invadía profundamente, mientras seguía buscándome con la mirada.

De pronto el ritmo comenzó a aumentar y su facciones a reflejar cierta incertidumbre contenida mientras su boca se abría cada vez más y yo me esforzaba por imaginar sus gritos. En el momento que hubo acabar se agachó y empezó a comérsela de nuevo a su marido, esta vez mucho más suave, limpiando con su lengua cada rastro de leche y flujos, relamiéndose de cierto placer, un placer acabado por ella y retransmitido para mí con cada movimiento y con cada mirada. Un par de calles más lejos, Juana se acababa de humedecer y se había puesto el pijama, lista para comer y corregir cuatro trabajos que aun tenían pendientes, la afirmación es que ir a ese pueblo tan lejos de donde ella vivía no le había hecho nada de gracia, al menos no era un pueblucho de mala muerte sino que había la suficiente cantidad de habitantes tanto para no sentirse agobiada con tanto comadreo sobre quién era ella y de donde venía. Pero pasar de una gran ciudad a un pueblo grande no era lo que quería, pero en fin, un año de trabajo es un año de trabajo, y así tanto están las cosas mejor no gruñir. Había tenido que ceder un estrato y decir despedida a todos sus amigos y familiares al menos hasta las ocio de navidad, semana santa y algún que otro fin de semana, se sentía sola, actualmente hacía un mes que estaba dando clase y no se había ganado a los estudiante, seguían sin respetarla y nunca se imponían sus gritos, encima le habían endosado ser la institutriz por substitución de otra profesora enferma y tenía que encargarse de uno de los peores cursos del liceo, y dar sobre las clases de mecánica, química y matemáticas no ayudaba a ser así popular por la zona... tenía facilidad para los números y nula capacidad para entablar relaciones personales, ni románticas ni amistosas ni nada, apenas hablaba con nadie, ni con los profesores ni con gente del pueblo, solo lo justo y imprescindible y claro, los discípulo la veían como una cerebrito que los suspendería escaso caridad por no entender los problemas numéricos de sus asignaturas y a sus espaldas arriba se reían de su físico físico. La dientes le llamaban cierto, otros La culona, indudablemente jamás había sido guapa, ni de pequeña ni hoy de mayor, tenía un problema que no corrigieron sus padres de joven y los dientes estaban más exterior de lo común, no era un pánico pero su carcajada no era excesivo bonita y le quedaba una cara que dejaba mucho que desear. De cuerpo estaba mejor, ella estaba convencida de tener un cuerpo 10, quizá exorbitante culo y caderas, su 95 de pecho la enorgullecía, pero a medida que bajaban las caderas se ensanchaban y formaban un culo gordete, redondo y respingón que tan curioso resultaba. A ella le gustaba presumir de culo, mas fuese para sus adentros, pero estaba cansada de percibir críticas sobre su trasero y que la llamasen La culona... en fin era tanto toda la vida, carente amigos, sin estirpe que la apoyara y con todo el mundo medio riéndose de ella, pero tendría que salir delante.

Cuando acabó de corregir los trabajos, se tumbó en la hamaca y ojeó el ordenador, y de repente empezó a notarse de cada vez más caliente, debía ser por acordarse las fotos que había colgado suyas desnudas en una holandesa rusa o vete tú a saber dónde para evitar problemas mayores. Estudiaba ruso y entendía muchos de los comentarios que tanto le excitaban sobre sus fotos, era su momento, sólo para ella, que la gente disfrutase de su cuerpo desnudo era poco que le entusiasmaba y excitaba en exceso, pero no podía dejar de hacerse fotos y cargar, un par a la semana para innovar los apetitos sexuales de sus seguidores rusos. Le daba igual si eran jóvenes o viejos, disfrutaban de su cuerpo desnudo y pese a que aproximadamente invariablemente enseñaba la cara en las fotos, jamás había tenido ningún exégesis cliché, entidad que agradecía, así se veía con más fuerzas de probar posturas más arriesgadas y pornográficas para enseñar al mundo ruso todo lo que podía enseñar de su cuerpo. Al leer los nuevos comentarios empezó a masturbarse y se dejó llevar sin pensar en la jornada de instituto del día siguiente.

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Al día siguiente nada más llegar a la clase supo que algo no iba bien, estaban todos los alumnos callados, sentados en las sillas de sus pupitres sonriendo, al cerrar la puerta y saludar se desencadenó todo el infierno que nunca podría haberse imaginado.

- Ola profesora Juana, antes que diga nada iré al grano, ayer yo y un amigo encontramos sus fotografías porno en una web de internet, no se moleste en borrarlas, las hemos guardado y hemos hecho copias, todos en esta aula las han visto y tienen un usb con una copia de ellas. Con lo fea que es usted para ser tan joven lo compensa con un gran cuerpo y un culazo que por lo que vimos en las fotos le gusta abrir, se le ve todo a la perfección con esas poses de culo en pompa y a cuatro patas...

Juana estaba blanca sin poder hablar ni pestañear. viendo peliculas porno xxx
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